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PI?ONES DE AZ?CAR

Publicado el 02/12/2009 11:20:00 por La habitación de Amélie [ver su web]


El recuerdo de mis abuelos...visión de una parte de mi infancia,que hoy se me antoja romántica; será por la fechas en las que estamos y lo que quedar por venir...


La ?casica de los almendros? quedaba a las afueras del pueblo. Mis abuelos vivieron allí hasta que mi abuelo Narciso murió. Tendría yo entonces unos 6 años cuando quedó grabada aquella imagen, que hoy recuerdo borrosa, de mi abuelo tendido sobre la cama de su habitación. Mi madre me dijo:
- El abuelo está malito, hoy dormiremos aquí con la abuela Dolores.
Los abuelos habían construido aquella casa hace hoy casi 100 años, con adobe mojado en su sudor, y un duro trabajo alentado por la ilusión de tener algo propio. Según cuenta mi padre, mi abuelo Narciso solía decir que prefería vivir siendo pobre a pedir misericordia a nadie; esa cabezonería le traería hambre y penurias para alimentar a sus 5 hijos y esposa, sobretodo en los duros años de la posguerra.
Cuando íbamos a verlos, a mí se me antojaba que íbamos a una de esas casitas como las de mis libros de cuentos. Dice mi padre que cuando ellos eran pequeños vivían prácticamente al margen de la actividad del pueblo, y eran conocidos como ?esos chiquillos trabajadores del Tío Narciso?, del otro lado del puente. Y casualmente ese puente que les había separado, a mí me parecía la puerta de entrada a mi mundo de fantasía, ya que desde el mismo se veía esa casa de la que casi siempre salía humo por su chimenea, igual que en la de los 7 enanitos. Cuando llegábamos a su puerta y tras el recibimiento de la abuela Dolores, solíamos percibir el olor a comida, a aquella paella cocinada a leña en el hogar, y entremezclada con los dulces aromas de torta de almendra recién hecha, la preferida de mi abuela. Ella tenía mano de santo para la cocina. Con apenas 11 o 12 años y durante mucho tiempo, había trabajado como sirvienta en Valencia, cocinando suculentos manjares para una rica familia de militares de la calle Caballeros, de la cual ella nos solía contar sus recuerdos, dulces por el calor que le habían sabido dar, pero también amargos por la tristeza de haber sido separada de sus padres siendo tan niña. De aquella experiencia habría aprendido a cocinar como para palacio, y hasta que murió hace 6 años, pudimos disfrutar, sobretodo sus 17 nietos, de sus famosos y preciados ?canelones de la abuela?y de su ?olla de berzas? entre otras exquisiteces, cocinadas como antaño, a fuego lento.
Antes de comer, una de las cosas que más me gustaba hacer era la de registrar la despensa de la abuela. Recuerdo su puerta de madera pintada en color azul claro, y esa cortinilla cogida al cristal hecha a mano con ganchillo, otro de los entretenimientos de la abuela Dolores. Allí dentro, sobre las baldas de madera que mi vista alcanzaba a ver, había harina, huevos, pan, cajas y cajas de levaduras, aquella cajita de pimentón con una barraca grabada en la misma?Y también allí, en el fondo del segundo estante, y dentro de una caja de galletas de hojalata azul, estaba aquello que yo más apreciaba; aún recuerdo la ilusión de abrir ese cofre del tesoro, y contemplar ,con los ojos abiertos como platos, montones de dulces, envueltos en papel como de celofán rojo y amarillo, caramelos de chocolate, de café, mentolados, de leche y blanditos?y sobretodo aquellas pequeñas pastillas alargadas blancas, aquellos piñones de azúcar que hacían mis delicias.
- Abuela dame sólo una de esas blancas- le solía decir a la abuela Dolores, después de haberme llenado mis bolsillos de un puñado de piñones sin que ella se diera cuenta; o al menos eso pensaba yo. Aún así siempre solía darme otro puñadito más después de comer para llevármelos a casa.
Cuando la paella estaba preparada mi padre salía a llamar al abuelo Narciso:
- Padre, la comida está en la mesa. Entre y deje eso para luego, hombre.
Mi abuelo, aunque fuera domingo, salía igualmente al monte tal y como lo había estado haciendo toda su vida, y más de una vez contaba mi padre que habían tenido que salir a buscarlo ya bien entrada la noche, pues apuraba el tiempo al máximo entretenido con las tareas agrícolas.
Al entrar a comer, recuerdo que el abuelo siempre protestaba, y aún nos cogía en brazos a mi hermano y a mí y nos sacaba a la calle a enseñarnos lo bonitos que estaban sus almendros, esos que con tanto empeño había trabajado y cuyas almendras utilizaba mi abuela en la cocina, pues la producción era tan escasa que se destinaba a los fogones domésticos.
Por la tarde solíamos salir al patio a ver los claveles. Con gran dedicación la abuela Dolores los plantaba, cuidaba y luego regalaba a mi madre y también a sus primas, con las que se había criado y quería como hermanas. Mi abuela siempre había sido una persona bondadosa y nunca olvidaba esos detalles por los que aún hoy la seguimos recordando; aunque para mí el recuerdo más dulce que tuve y tendré de ella sean sus preciados piñones de azúcar.
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